jueves, 6 de diciembre de 2012

Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi

Sostiene Pereira es una de esas pequeñas joyas que nos da la literatura de cuando en cuando, como Bartleby, el escribiente, o La vida ante sí. Son cortas, en apariencia sencillas —al menos fáciles de leer—, y narran una historia muy ligada a un personaje. En realidad, más que novelas son cuentos, de mayor o menor extensión. Y lo son no solo por esto, sino sobre todo por su concepción narrativa: el foco unipersonal, la carencia de detalles superfluos, la creciente tensión narrativa, el clímax final... Sostiene Pereira tiene todo eso. El propio Tabucchi cuenta al final, en una apostilla a la décima edición del libro, que el personaje de Pereira le fue a visitar una noche de 1992 en un sueño. Era el trasunto de un periodista exiliado de Portugal que había conocido hacía algunos años y a cuyo entierro asistió a su muerte. Pereira le contó su historia y Tabucchi la escribió en dos meses.

Pereira es un periodista encargado de la sección cultural de un periódico lisboeta. Es un hombre conservador, católico, viudo de una mujer que pasó su vida enferma, obeso adicto a las tortillas y las limonadas, hipocondríaco y obsesionado con la muerte. Un hombre absolutamente gris. Estamos en 1938, con una Europa al borde de la Gran Guerra, una España al final de su Guerra Civil y una Portugal ya sometida a la dictadura de Salazar. En ese marco opresivo vive —deambula más bien— Pereira, sin amor, sin amigos, sin refencias de ningún tipo, porque la sección cultural (de la que es el único miembro) se encuentra apartada de la redacción del periódico, y la censura bloquea toda noticia relevante. En estas decide contratar un ayudante para que vaya adelantando necrológicas de escritores importantes (!), y contrata a un joven de origen italiano que, ya desde el principio, muestra sus inclinaciones subversivas y su falta de talento para escribir. Aunque las necrológicas que le proporciona son inútiles, Pereira mantiene al ayudante pagándolo de su propio bolsillo. No sabe por qué lo hace, pero poco a poco su contacto con este chico y con su novia, también activista política, empieza a remover algo en su interior.

El relato discurre muy lento al principio. El ritmo es deliberado: intenta trasnmitirnos la insulsa vida de Pereira. Es exhaustivo en detalles, como si lo estuviera contando un procurador en un juicio. La constante coletilla “sostiene Pereira”, la misma con la que empieza el relato y que le da título, acentúa este efecto. Todos los personajes secundarios (el camarero del restaurante que frecuenta, la portera de la redacción, el director de su periódico, incluso la joven pareja a la que ha conocido...) aparecen en el relato sólo para revelarnos la psicología de Pereira. Hacia la mitad del libro hay un punto de inflexión. Ocurre tras el encuentro decisivo con el doctor Cardoso, un médico psicólogo formado en Francia que lo trata en una clínica de reposo. No lo parece en el momento, pero a partir de ahí el relato se acelera, el conflicto interno del protagonista hace crisis y los acontecimientos se le vienen encima. Desde ese momento el relato camina hacia su final: los sucesos que van a justificar toda la novela.

Imagino que no habrá mucha gente que, como yo, no hubiera leído la novela o visto la famosa película de Marcello Mastroiani. Pero si estás en ese grupo, te recomiendo que no dejes de leerla.