domingo, 2 de diciembre de 2012

La marca del meridiano, de Lorenzo Silva

Sexta entrega (dejando aparte la colección de relatos cortos) de la pareja de detectives picoletos.  Y galardonada, además, con el Planeta 2012. No voy a entrar a valorar el premio. De todos es sabido que se desprestigió bastante cuando se descubrió que en varias ocasiones estuvo amañado. La sospecha cundió cuando empezaron a recibirlo una retahíla de novelistas consagrados. No voy a afirmar que en todos esos casos hubo fraude, entre otras cosas porque no lo sé. Además, muchos de esos escritores ganaron el premio con grandes novelas, con lo que, si lo hubo, al menos ellos cumplieron su parte con creces. Es el caso de Torrente Ballester o de Vargas Llosa. Hubo otros, en cambio, que dieron el cante. Cela fue el más notorio, porque en su caso ni siquiera hay certeza de que él mismo escribiera la novela. Silva es un autor consagrado y eso, dados los antecedentes, da que pensar. Parafraseando al Marqués de Ahumada —con una cita extraída de esta misma novela—, el prestigio «una vez perdido jamás se recupera». En descargo de Silva he de decir que, en todo caso, con esta novela entraría honradamente en el primer grupo de autores. Recaiga, pues, la duda en la editorial que convoca el premio.

Ya comenté la novela que precede a ésta, La estrategia del agua, y mi valoración de esta nueva entrega es bastante parecida a la que hice de aquélla. Comentaba allí que el foco de atención se había desplazado de los personajes a los hechos, y que eso, a mí personalmente, me había decepcionado. Esta novela viene a confirmar ese nuevo enfoque de la saga. Y eso que el arranque de la novela no puede ser más prometedor. En un brillante primer capítulo parece que el centro de la historia va a volver a ser la relación personal entre Bevilacqua y Chamorro. Pero no es así y en seguida la novela toma los derroteros de un capítulo del CSI. En el caso salen a la luz historias pasadas del ahora brigada Bevilacqua, historias turbias que al final de la novela confiesa a sus compañeros (sí, el guardia Arnau apareció en la anterior entrega para quedarse). Pese a ello, el episodio no deja de ser un añadido, algo así como un intento de humanizar al protagonista para que no parezca un detective sabelotodo y ya está. Y Bevilacqua aún tiene más relieve porque narra en primera persona, pero Chamorro, y no digamos Arnau, son planos; nada más que meras comparsas de cuyas vidas, pensamientos o sentimientos sabemos poco o nada. Para colmo, el tono se ha vuelto extremadamente melancólico. ¿Dónde están el humor, el sarcasmo y la ironía que rebosaban las primeras novelas y que a mí me engancharon a la saga? ¿Dónde quedan aquellas vigilancias en playas nudistas, aquellos intentos de colarse en discotecas de moda, aquellas burlas de los conductores que no se atreven a adelantar a un coche de la Guardia Civil en autovía? En definitiva, ¿dónde ha quedado toda la diversión y la originalidad de estos personajes? Parece como si la edad les hubiera caído como una losa, como si la gente entre los 40 y los 50 hubiera de volverse triste y reflexiva, o como si el pesimismo del momento que vivimos hubiese contagiado a los protagonistas.

Por contra he de decir que la trama policial es muy buena. Compleja, difícil de resolver, con implicaciones de toda índole y, sobre todo, creíble. Casi se podría afirmar que el personaje mejor trabajado de la novela es el muerto. La víctima, un guardia civil retirado que se dedicaba a la seguridad privada para poder pagar la hipoteca, que un día aparece muerto y torturado colgado de un puente, y que resulta ser el mentor de Bevilacqua cuando era un chusquelín en el cuerpo, se nos dibuja a lo largo del relato como alguien carismático, que anduvo en la zona de sombras entre la honradez y el delito y que, pese a ello, desde la tumba mantiene una cierta altura moral. Creo que los amantes de la novela policiaca, los seguidores asiduos de Colombo, del CSI y de otras series del género, van a disfrutar con esta novela.

A mí lo único que me queda por hacer en esta entrada es esto: Lorenzo, si me estás leyendo, por favor reléete tus propias novelas, las tres primeras. Imbúyete del espíritu que se respiraba en ellas. Sacude a tus personajes, espabílalos, que se te están adocenando. Complícales la vida, porque no hacen más que trabajar y ver series. Que la vida no se acaba a los 50 (o eso quiero creer). Vale.