jueves, 28 de agosto de 2014

El niño que robó el caballo de Atila, de Iván Repila

No sólo he leído truños este verano... pero alguno más ha caído. Aquí va otro. De esta (corta) novela se dice:
«En unas coordenadas de singular despojamiento (dos personajes, un único escenario), Repila articula, con un estilo rítmico y enérgico, que avanza encadenando metáforas inesperadas y construyendo calculadísimas resonancias internas, un relato alegórico de lucha, supervivencia y solidaridad; un problema que esconde su decidida voluntad de acción tras un hábil reciclaje de los códigos del cuento popular, que aquí es infantil solo en apariencia, y que puede leerse como el mito de origen de unos tiempos nuevos. Valiente, poderosa y emotiva.»
¿¿LO QUÉ??

Parafraseando a Marcellus Wallace, estoy a mil jodidas millas de sintonizar con el reseñador. Para que os hagáis una idea: dos hermanos están (no se sabe por qué) en un pozo del que no son capaces de salir. Y ya. Bueno, claro, luchan (por salir, se entiende), sobreviven (si no no hay novela), hay solidaridad (son dos, y son hermanos; aunque también hay hostias: son hermanos...). ¿Os acordáis de Buried? Pues en el mismo plan. Parecen estar de moda las historias como estas: estás en una situación límite y te pasas un rato (en torno a hora y media, lo que dura Buried o lo que duraría esta «novela» llevada al cine) haciendo el hostia a ver cómo sales. A ratos lo obvio, a ratos gilipolleces porque estás desesperado. Y luego un final, bueno o malo, da igual, porque lo que importa de estas situaciones es que se acaben, que angustian mucho y que con 90 minutos de angustia ya vale, que luego hay que irse a cenar. Son píldoras de angustia para este mundo de buen rollito, para ver qué se siente y tal...

Y luego pedantería por un tubo. Ese encadenamiento de «metáforas inesperadas», esas «calculadísimas resonancias internas», esa «alegoría de lucha»... Y una más, que choca especialmente por lo gratuita: los títulos de los capítulos, que son los números de días transcurridos, forman —excepto el primero, que es «0»— la secuencia de números primos menores de 100. ¿Por qué? Porque los números primos son guays (y si no preguntadle a Mario y a Saúl): son misteriosos, vuelven locos a los matemáticos y si los pones en un libro la gente piensa que hay un significado oculto.

En fin, no voy a seguir porque ahora vendría lo de que hay quien lo compara con Kafka y me voy a poner violento.