lunes, 25 de agosto de 2014

El libro de las cosas perdidas, de John Connolly

Decididamente tengo que mejorar mi criterio para elegir libros. En contra de todos los indicios, me dejé convencer por la contraportada de este libro que insiste en que, pese a las apariencias, es una novela para adultos. Y una mierda. Para que os hagáis una idea, la cosa va de un niño inglés, antes de la Segunda Guerra Mundial, a quien se le muere la madre. Aún con el trauma de la reciente orfandad, el padre decide casarse de nuevo. Así que, contra su voluntad, se mudan a una nueva casa, aprovechando, además, que al estar en las afueras, corren menos peligro de ser bombardeados (la guerra ya ha empezado). Para colmo la madrastra le pare un hermanastro. De modo que el niño, fascinado por los cuentos que le contaba su madre, se refugia en sus libros para interaccionar lo menos posible con la nueva familia postiza, a la que odia. Y un buen día decide entrar por una sospechosa grieta en el jardín, que resulta ser... ¡un portal a otro mundo! La entrada se cierra y para poder regresar tiene que localizar al Rey de ese mundo, que al parecer sabe cómo volver gracias a un libro que sólo él puede leer y que se llama (ya lo habéis adivinado) «El libro de las cosas perdidas». Pero resulta que ese mundo es muy chungo, y en su recorrido por él se va topando con historias y personajes parecidos a los de los cuentos infantiles que conoce, sólo que en versión Matanza de Texas.

No cuento más por si (allá vosotros) lo queréis leer. Aunque el argumento recuerda vagamente al de La historia interminable, a ambos libros los separa un abismo. Pese a que no hay duda de su carácter infantil o juvenil, la novela de Ende tiene una solidez narrativa que la convierte en una buena novela, tengas la edad que tengas. La de Connolly, en cambio, es más simple que el mecanismo de un sonajero. Lineal, predecible, incluso ridícula, no puedes dejar de pensar, mientras la lees, que no debes tener más de ocho años para que ese argumento te diga algo. Pero por otro lado, el giro a lo Robert Rodríguez que tienen los cuentos haría que un niño de ocho años se hiciese luego pis en la cama. Total, que no tengo claro el target de la novela.

He leído críticas por internet de gente a quien le ha parecido maravillosa. Igual soy un insensible o un sinsustancia y no le pillo la poesía, o igual es que, en general, la fantasía me aburre (módulo Juego de tronos, he de decir), pero a mí más bien me huele la cosa a síndrome de Peter Pan. (Con todos mis respetos, que sobre gustos...) Total, que me ha parecido un coñazo. Para colmo, la novela acaba hacia la mitad del libro (o sea que es corta) y el autor dedica la otra mitad a recontar, psicoanalizar y explicar, en relación con su novela, los cuentos clásicos (sí, sí, Caperucita, Blancanieves, Hansel y Gretel...). Digo para colmo, pero en realidad se lo he agradecido al autor, porque tras leer un par de ellos decidí dar carpetazo al truño.

Resumiendo: un puñado de árboles talados pa ná.