domingo, 3 de agosto de 2014

El guión del siglo 21, de Daniel Tubau

Cuando lees en un ebook pasa que lees libros que no habrías leído de otra manera. Este es uno de esos libros. El título y el tema despertaron mi curiosidad, pensando que trataría de la nueva forma de narrar de las series frente a la ya obsoleta del cine, pero admito que, de haber visto el libro en la FNAC, no habría bastado para pagar los 20 napos que cuesta en papel (no sé en qué coño están pensando los editores...).

Daniel Tubau ha sido guionista y director de televisión, ha dado clases de narrativa audiovisual en la Carlos III, en la Rey Juan Carlos y en la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid, y es autor de varios ensayos. O sea, además de tener oficio, es un teórico. El libro plantea la siguiente tesis: la narrativa (especialmente la audiovisual) se encuentra en una encrucijada debido a la llegada masiva de nueva tecnologías, pero sobre todo de internet. De un lado venimos del modelo del cine, cuya propuesta narrativa parece agotada: Hollywood ha convergido a un esquema en tres actos con final reparador del que parece que no se atreve a salir. Es lógico, hacer una película supone una fuerte inversión y los productores quieren riesgos mínimos y ganancias máximas. Y hay que reconocer que el esquema, obtenido de una lenta decantación a lo largo del siglo XX, funciona como un reloj, pese a que produce películas previsibles, cuando no ñoñas, estúpidas o, simplemente, basura. Pero hay que admitir que este cine para adolescentes idiotas es lo que demanda la gente, porque apuestas narrativas más arriesgadas cosechan muy buenas críticas pero hacen muy poca taquilla. El cine europeo no es mucho mejor: cambia el target, porque de lo que se trata es de conseguir la subvención y no la de atraer consumidores de palomitas, con lo que la fórmula es un poco distinta pero el resultado es similar.

Pero por otro lado tenemos un fenómeno que está rompiendo este esquema y que ha empezado con las series de HBO. Por una conjunción de hechos azarosos (o eso es lo que parecen vistos en retrospectiva, pero a lo mejor era algo inevitable) esta cadena ha cosechado un éxito sin precedentes proponiendo un esquema narrativo completamente diferente, que tiene como formato la novela decimonónica y que bebe de fuentes como Shakespeare o los autores de tragedias griegos (Esquilo, Sófocles, Eurípides). Los Soprano, la historia del mafioso Tony Soprano —un personaje y su conflicto, como los de las tragedias del inglés— y The wire, la lucha de los mortales con los nuevos dioses (la droga, el departamento de policía de Baltimore, la corrupción y, por encima de todo, el capitalismo), son las series que trajeron el cambio, y a ellas se han sumado muchas más, no sólo en HBO sino en otras cadenas que han copiado el esquema (mención especial merece Breaking Bad, de AMC). En estas nuevas narrativas no hay trama en tres actos desarrollada en alrededor de un par de horas y con final reparador, sino que son historias de larga distancia, con multitud de personajes, con protagonistas que van evolucionando, con subtramas de todo tipo, a menudo “irrelevantes” (¿recordáis el capítulo de la mosca, de Breaking Bad?), con un final que responde más a la lógica de la narración que a los deseos del espectador... con un esquema, en suma, más propio de la novela realista del XIX que del cine al que estamos acostumbrados.

Con este punto de partida, la tesis que plantea Tubau es que las nuevas tecnologías nos han habituado a la forma «hipertextual» tan característica de internet, es decir, a una manera de acercarnos a las historias no lineal y en la que el lector/espectador se vuelve parte activa eligiendo el camino. Llevamos años acostumbrándonos a esa nueva narrativa mientras navegamos por internet. Es cierto que casi siempre la narrativa en cuestión se acerca más al ensayo, por ejemplo, cuando accedemos a la Wikipedia; pero Tubau defiende que esa forma está presente, no sólo en las series, sino cada vez en más y más formas en que se presenta la narrativa. Y os preguntaréis, ¿dónde está esa hipertextualidad de las series? Pues precisamente en su planteamiento a largo plazo, porque a medida que progresa la serie más y más información obtenemos sobre ella y sus personajes a través de blogs, entrevistas, comentarios, discusiones en foros, etc., lo que enriquece nuestro visionado posterior y lo hace más personal, dependiente del background que cada uno haya adquirido.

Pero la cosa no queda ahí. Cada vez son más las historias que, aunque tienen como soporte principal una película, una serie o incluso un libro, desarrollan aspectos colaterales de sus personajes o de su trama en otros soportes, como cómics, capítulos de animación, juegos, y cosas por el estilo. Uno puede ignorarlos y centrarse en la película o serie, pero entonces se pierde cosas, pierde contexto. Es como si las narraciones estuvieran llenas de enlaces que al pinchar te llevaran a profundizar en aspectos concretos. Y si uno lo piensa bien, nada de esto es completamente nuevo. Los ensayos han estado siempre llenos de notas y referencias a otros libros, que hacían exactamente esto incluso antes de que existiera internet. De hecho (y esto es algo que he sabido por el libro, como os podéis imaginar), al parecer es de esto de lo que hablaban los filósofos «estructuralistas» (Derrida, Foucault, Barthes...) antes de que el hipertexto aclarara de qué carajo estaban hablando. Según ellos, un libro no era una narrativa lineal, sino que estaba llena de «enlaces» a otros textos, que a su vez remitían a otros y así sucesivamente, formando una compleja red que formaba el verdadero texto (o algo así). Visto de esta forma, anticiparon la web antes de que existiera.

En definitiva, Tubau nos dice que nos econtramos en las puertas de un cambio en la manera de narrar, y sugiere que en la nueva narrativa accederemos a las historias de una manera personal, en la que nosotros determinaremos el camino participando activamente en ellas. Como en los videojuegos (a los que por este motivo dedica todo un capítulo). La idea no es absurda si pensamos en lo que ocurrió a comienzos del siglo XX cuando apareció el cine. El invento fue un avance tecnológico que en un mundo dominado por la narración escrita (y quizá, de forma incipiente, la fotografía) se limitó, en un principio, a mostrar que se podían reproducir imágenes. Y durante un tiempo la cosa no pasó de ser más que una atracción de feria hasta que Griffith, y más tarde John Ford y otros como ellos, inventaron el lenguaje del cine; inventaron la manera de contar historias con imágenes. Porque admitámoslo, aunque ahora estemos tan acostrumbrados que ni nos damos cuenta, no es trivial comprender —mucho menos contar— una historia a partir de una combinación de imágenes en movimiento, diálogos y música. Y el resultado no es equivalente a un libro, sino otra forma de narrar más participativa, en la que el espectador debe poner de su parte para llenar las elipsis, los sobreentendidos, los pensamientos de los actores... Pues en esa tesitura nos encontramos ahora respecto de las nuevas tecnologías (el vídeo, el móvil, los videojuegos, internet, la futura realidad virtual...): podemos atisbar las posibilidades (eso es lo que hace Tubau en este libro), pero aún no ha aparecido el nuevo Griffith que nos enseñe cómo se pueden contar historias de una manera diferente a todas las que conocemos hasta ahora.

Pero no quiero dar una impresión equivocada del ensayo. Tengo sentimientos econtrados ante él. Por un lado, el libro parece más un catálogo de las nuevas tecnologías y unos apuntes de algunos de los intentos de nuevas narrativas que un ensayo que profundice en el tema y nos lleve a conclusiones no triviales. La mayor parte de lo que os he contado es mi propia idea de lo que he deducido a partir del libro. Pero por otro lado, si el libro me ha llevado a concluir lo que os he contado, ha cumplido su misión, ¿no? Tal vez, pero me queda una desagradable sensación de superficialidad, de que el autor ha perdido una oportunidad de llegar algo más lejos en su cuestionamiento sobre la narrativa audiovisual del siglo XXI. En fin, de todos modos tampoco es una lectura dura ni larga, y hay que admitir que cuenta muchas curiosidades que yo no conocía. Vostros mismos...