viernes, 25 de noviembre de 2011

Mal de escuela, de Daniel Pennac

Hace unos meses reseñé en este blog un libro de Daniel Pennac: Como una novela, y entre los que aparecieron en el aparentemente fallecido Buzz (me gustaba más que google+) Mario Castro comentaba: “Mal de escuela es también muy bueno. Es más profundo y no se lee tan bien como el otro, pero se nota que el tipo sabe de lo que habla.”

Bueno, pues me le leído Mal de escuela y tengo que darle 100% la razón a Mario. Mal de escuela es genial. Es una reflexión sobre la escuela francesa (extrapolable a la escuela pública en general), sobre sus defectos y virtudes, pero lo mejor es el punto de vista que usa Pennac: el del pésimo alumno o “zoquete”, como cariñosamente le llama el autor. Comienza el libro describiendo su vida de estudiante… y sorpresivamente nos enteramos que él mismo fue un zoquete de mucho cuidado. Sus ocurrencias, como escaquearse de hacer los deberes, como birlarle pasta a su madre… A continuación comienza a reflexionar sobre el tema, de cómo la escuela está pensada para los buenos alumnos, cómo se las apañan los profes… todo además aderezado con multitud de anécdotas personales y desvaríos que son una auténtica delicia. Es verdad que es más duro de leer, pues salta de aquí a allá al parecer sin ton ni son, desvaría en sus peleas con su “yo” zoquete…

En resumen es una delicia que además te obliga a reflexionar sobre la educación, la forma de enseñar, en la pedagogía (todavía resuenan sus palabras el Como una Novela de “que buenos pedagogos éramos cuando no nos interesaba la pedagogía”), en especial en la enseñanza obligatoria. Me resultó especialmente interesante su reflexión al final del libro sobre la sociedad de consumo, la escuela, los barrios marginales, y su tremenda crítica política al respecto. El último capítulo (el 14) de la cuarta parte del libro es delirantemente bueno. Con mi recomendación os dejo este trocillo:
[..] No, me pregunto solo qué tipo de zoquete habría sido yo si el azar me hubiera hecho nacer, digamos, hace unos quince años. No cabe duda alguna: habría sido un zoquete consumidor. A falta de precocidad intelectual, me habría refugiado en esa madurez comercial que confiere a los deseos de los adolescentes la misma legitimidad que a los de sus padres. Lo habría convertido en una cuestión de principios. Ya me parece oírme: Vosotros tenéis vuestro ordenador, ¡yo tengo derecho al mío! ¡Sobre todo si no queréis que toque el vuestro! Y habrían cedido. Por amor. ¿Amor descarriado? Es fácil decirlo. Cada época impone su lenguaje al amor familiar. La nuestra prescribe la lengua de los objetos. No olvidéis el diagnóstico de la abuelita Marketing: «De ello depende su identidad». Como buen número de niños y adolescentes a los que oigo, un poco por todas partes, yo habría sabido convencer a mi madre de que mi adecuación al grupo, mi equilibrio personal pues, dependía de esta o aquella compra:
—¡Mamá, necesito absolutamente las últimas NNN!
¿Habría querido mi madre que yo fuera un paria? ¿No bastaban ya mis lamentables resultados escolares? ¿Realmente había que agravar las cosas?
—Mamá, te lo juro, de lo contrario parecería un primo. —Corrección: «primo» está ya un poco pasado—. Parecería un petao, y eso no mola. En sus tiempos, Michel Audiard habría hablado de un lila o de un pazguato. «¡Ma, si no me pagas esos zuecos me tomarán por un lila!» Y mi madre habría cedido.
Pero, hace unos quince años, ¿habría sido yo el pequeño de cuatro hermanos? ¿Me habrían deseado? ¿Me habrían concedido el visado de salida? Cuestión de presupuesto, como todo lo demás.