miércoles, 2 de julio de 2014

Una novelita lumpen, de Roberto Bolaño

Me pasó algo curioso cuando acabé 2666: no me apetecía leer nada. Todo me parecía, por comparación, insulso. Es tan inmensa esa novela (en todos los sentidos) y su interrupción final te deja tan en coitus interruptus, que en realidad lo único que me apetecía era seguir leyendo a Bolaño, y no lo hice por el miedo a saturarme. Así que hice lo que suelo hacer en esos casos: leer ensayos, relatos y novelas policiacas o de ciencia ficción para volver a coger ritmo. Y cuando lo recuperé me dije que ya era hora de retomar a Bolaño, y elegí, al azar, una de las novelas suyas que aún me quedan por leer. Le tocó el turno a Una novelita lumpen... y me equivoqué.

El argumento de la novela parece hiperrealismo italiano (una sensación incrementada por el hecho de que transcurre en Roma). Una mujer, Bianca, nos cuenta su vida a partir del momento en que, siendo aún niños, su hermano y ella quedan huérfanos al morir sus padres en un accidente. La narración es, a la vez, la descripción de su progresivo descenso al lumpen y la expresión de su absoluto desinterés por la vida. Los hechos arrastran a Bianca a territorios cada vez más sórdidos sin que a ella parezca importarle lo más mínimo. El clímax de la novela llega cuando acepta prostituirse con Maciste, un excampeón de culturismo ciego que vive solo y al que su hermano y dos amigos pretenden robar la caja fuerte una vez que Bianca la localice aprovechando sus visitas.

Aunque se nota la mano de Bolaño (sobre todo en esa manera tan distante de narrar hechos tremendos), la novela es muy menor. No está a la altura de un Nocturno de Chile; ni siquiera de Monsieur Pain —que distando mucho de estar entre mis favoritas, aventaja a ésta en tensión narrativa—. Más bien parece uno de los muchos relatos que con tanta maestría Bolaño engarza en sus grandes novelas (en Los detectives salvajes encajaría perfectamente), y tal vez pretendía serlo, junto con otros muchos que dormirán en sus cuadernos. De hecho, se trata de una elaboración de un cuento, Músculos, que apareció póstumamente en una desesperada rebusca de su fondo de armario que la editorial tituló El secreto del mal (los escritores famosos muertos resultan muy lucrativos: de ellos no hay que desperdiciar ni la lista de la compra...). Opino como Volpi: Bolaño no es un buen escritor de relatos, es un gran escritor de novelas construidas con relatos. Y Una novelita lumpen no pasa de ser un relato.

La novela, cómo no, tiene sus fans, e incluso se ha llevado al cine. De la película no voy a opinar porque sólo he visto un trailer. (Por cierto, si lo ves sin sonido parece una película española. ¡Huy, perdón! He dicho que no iba a opinar...). Respecto a la novela, sospecho que con Bolaño ocurre lo que con muchos de los grandes escritores; lo que a mí me ocurrió con García Márquez, sin ir más lejos: tienes que leerte muchos truños antes de admitir que alguno lo es. Te resistes a aceptar que alguien que ha escrito una obra maestra pueda producir algo que no te está gustando (¡que incluso te aburre!). Estás dispuesto incluso a asumir tu incapacidad para ver la genialidad. Al fin y al cabo, ¿no la ven los demás...? Pero ya son muchos años para no ver que el emperador está desnudo. O tal vez no lo está, pero yo le veo las pelotas...