domingo, 18 de septiembre de 2011

Terra Nostra, de Carlos Fuentes

"Increíble el primer animal que soñó con otro animal. Monstruoso el primer vertebrado que logró incorporarse sobre dos pies y así esparció el terror entre las bestias normales que aún se arrastraban, con alegre y natural cercanía, por el fango creador. Asombrosos el primer telefonazo, el primer hervor, la primera canción y el primer taparrabos."

Así comienza esta monumental novela de Carlos Fuentes (casi 800 páginas de letra menuda; un dolor de brazos, porque no hay versión electrónica), sin duda una de las más extrañas y fascinantes que he leído nunca. ¿De qué trata? ¡Buff! Difícil pregunta. Lo más superficial que se puede decir de ella es que es una novela sobre la España de Felipe II y la conquista de América. Porque, en realidad, es y no es eso. De hecho, me atrevería a afirmar que no hay un solo suceso histórico real en la novela. A ver cómo empiezo a explicarlo (porque, a decir verdad, yo no la he entendido bien, y por las críticas que he leído y las tesis que se han escrito sobre ella, nadie la ha entendido realmente). A lo largo de la Historia ha habido momentos en que la humanidad ha llegado a un punto crítico. Ocurre cuando el mundo como se concibe, las escalas de valores, las ideas, el orden social... chocan con una realidad que ha ido cambiando lenta pero inexorablemente, como consecuencia de fuerzas sociales internas (yo diría evolutivas). Como resultado de esos conflictos surge un nuevo orden, una nueva etapa histórica, que se desarrolla de acuerdo a nuevos valores hasta el siguiente punto crítico. Si hubiera que destacar uno de esos puntos como aquél en el que la transformación resultó más brutal, más dramática, tal vez sería el paso de la Edad Media a la Moderna. Un mundo oscuro, supersticioso, opresivo, controlado por la religión y los monarcas investidos de poderes que emanan directamente de Dios, es derrotado por una corriente de humanismo, que se ha ido gestando en las ciudades, al abrigo de una burguesía que ha ido prosperando a la sombra de los prejuicios religiosos. Y si hubo un lugar en el mundo donde ese conflicto alcanzó su punto más álgido, ese lugar fue España. Porque no olvidemos que nuestro país fue el último baluarte del catolicismo (una desgracia que aún nos lastra) y la transición a la modernidad coincidió con la conquista de América y la llegada del oro y la plata de las Indias, un balón de oxígeno que mantuvo en pie de guerra a los viejos poderes durante aún dos siglos. Y por añadidura, la España que conquistó América fue la Vieja España, la beata, cazurra y bestial España de los Reyes Católicos y los Austrias. Y las consecuencias de este hecho aún perduran. Esto es exactamente de lo que va la novela. Creo que Carlos Fuentes entiende que ese momento y este lugar fueron "EL" Punto Crítico (con mayúsculas) de toda la Historia, y la novela es una compleja, elaborada y magistral reflexión sobre este hecho. Podría haber escrito un sesudo y erudito ensayo, como hubiera hecho un historiador, pero siendo, como es, un gran novelista (quizá el más grande en nuestra lengua que hay hoy vivo), optó por escribir Terra Nostra.

Decía —y sorprenderá— que no hay un solo hecho histórico en toda la novela. La razón es que Carlos Fuentes ha rehusado escribir una novela histórica al uso, que desmenuce la psicología y la sociedad de aquella época de conflicto, y ha preferido una opción mucho más difícil: ha construido un mito. Y hay que ser muy grande para poder hacer eso y que salga bien. Esa es la primera impresión que transmite Terra Nostra: ¿¡cómo se puede escribir una novela así!? El protagonista de la novela, un mexicano manco que hace de hombre anuncio en París, se despierta en una ciudad en la que están ocurriendo todo tipo de prodigios: el Sena hierve; la Torre Eiffel se ha convertido en una gran jaula de aves; peregrinos que se flagelan circulan en procesión por la ciudad; masas de hombres están siendo enviados a unos hornos crematorios que esparcen su olor a carne quemada, y todas las mujeres, incluidas viejas y niñas, están pariendo a la vez a orillas del Sena. La fábula empieza cuando el protagonista se encuentra con una chica que pinta dibujos en el suelo en uno de los puentes del río y que le asegura que tienen una cita concertada desde hace siglos. En un momento dado él cae a las aguas del Sena y ella le arroja una botella verde lacrada que lleva un pergamino dentro, como si se tratase de un salvavidas.

En el capítulo siguiente hemos sido transportados a una corte española cuyo Señor tiene toda la pinta de ser Felipe II, y su palacio El Escorial. Pero en realidad no lo es. O sí lo es, pero a ratos. Porque aquí los personajes no mantienen la identidad, sino que son metapersonajes que encarnan a la vez varias figuras históricas. El Señor es Felipe II, pero a veces es su abuelo, Felipe el Hermoso (sí, sí, lo que oís) y a veces su bisnieto Carlos II. En realidad es una encarnación de los Austrias al completo. Representa el viejo mundo, el antiguo orden, el culto a la muerte, el catolicismo fanático, el poder absoluto. Tiene un valido que representa a todos los validos, antiguos señores venidos a menos, sin escrúpulos, que arriban al poder trepando a cualquier precio. Pero también es el conquistador, es Hernán Cortés, es el esclavizador de los indios.

Dos personajes claves más son una mujer llamada Celestina, que a veces es una bruja-alcahueta y a veces una muchacha con deseos de vivir libre. Su característica principal es que antes de morir transmite su memoria a otras mujeres, que se convierten así en ella misma, de manera que su memoria es total y eterna. Es, como se descubre más tarde, la chica del puente del Sena. Como los demás personajes, Celestina adopta multitud de identidades, siendo también una reina-diosa azteca, una gitana y algún que otro personaje mítico (como Isis, si no recuerdo mal). El otro personaje es un monje con espíritu humanista que se enfrenta al poder y se alía con Celestina.

A todo esto el protagonista aparece de pronto inmerso en este pasado, como un náufrago en la orilla de la playa, pero convertido en tres personas, identificados por llevar una cruz tatuada en la espalda y tener seis dedos en los pies. El tres es un número importante en la novela; a él se alude multitud de veces: se cita la Cábala ("Uno es la raíz de todo. Dos es la negación de uno. Tres es la síntesis de uno y dos. Los contiene a ambos. Los equilibra. Anuncia la pluralidad que le sigue."); se alude a mitos antiguos en que aparecen tríos (Osiris, Isis, Seth); se habla de las tres religiones (judíos, moros y cristianos); también la novela consta de tres partes (El Viejo Mundo, El Nuevo Mundo y El Otro Mundo); el protagonista se convierte en tres personajes. Incidentalmente, es uno de estos tres personajes, el que llamarán en la novela el Peregrino, el que descubre (en un sueño) el Nuevo Mundo y narra el conflicto que se produce al interaccionar con él al Señor y a los otros personajes principales.

La novela es totalmente simbólica. Nada es lo que parece, todo tiene significados ocultos. Los hechos forman un complicado rompecabezas muy difícil de armar. Todo lo que percibes de la novela (al menos, ese es mi caso) lo intuyes más que lo comprendes. Es como escuchar una sinfonía que te habla en un lenguaje, el de la música, que transmite sensaciones pero no te habla con palabras. En la novela confluye todo: pasado, presente y futuro; los hechos reales y los mitos; Dios y Quetzalcoátl; la Biblia y la Cábala; la mística y el sexo más depravado; la Historia y la Literatura. Esta última, de hecho, es muy importante. Ya he mencionado a Celestina, que encarna ocasionalmente su papel de vieja trotaconventos, pero también aparece el Cronista, un personaje que acaba destinado a galeras y luchando en una batalla contra los turcos en un lejano golfo de Asia Menor y al que las heridas dejan manco. Este personaje que, por cierto, en plena batalla lanza una botella verde lacrada al mar donde están escritos los primeros párrafos de La metamorfosis de Kafka. Aparece Don Quijote; aparecen Don Juan, Doña Inés y el Comendador, personajes metamorfoseados a partir de otros. Algún capítulo comienza emulando a las claras el comienzo de Cien años de soledad... Y al final también está el Cronista último: el autor.

En resumen: un mes después de sacarla de la biblioteca me encuentro abrumado por la novela. No sé si he leído una obra maestra (la novela cumbre de la literatura hispana del siglo XX, como la califican muchos sin dudarlo, entre ellos Volpi) o los delirios de un loco. Lo que sí sé es que, de haber leído una crítica como la que acabo de escribir habría dicho, seguramente, ¡vade retro! Y sin embargo no he podido dejarla en ningún momento: es hipnótica. Como he dicho antes, creo que Carlos Fuentes es uno de los grandes; de los muy grandes. Escribir esto y escribirlo así es imposible para cualquier otra persona. Terra Nostra es el Ulises de la lengua castellana; el 2001 de la literatura hispana.

sábado, 20 de agosto de 2011

El insomnio de Bolívar, de Jorge Volpi

Me compré este libro por dos razones: porque me gusta Volpi y porque me gustó el título. Hay que reconocer que es "sexy", porque juega con la palabra insomnio en oposición a sueño y sugiere problemas que te impiden dormir. A nadie se le escapa que el sueño de Bolívar era construir una única nación americana y que no sólo murió abrumado por su fracaso, sino que podría decirse que América, en particular América Latina, está más lejos que nunca de ese sueño. Creo recordar que García Márquez, en El general en su laberinto, habla incluso de que, a las puertas de la muerte, unas fiebres impedían dormir a Bolívar. El título es muy sugerente, vaya.

Pero el libro, como ensayo-reflexión sobre América Latina, es bastante decepcionante. Dejando a un lado que Volpi domina la prosa y se hace ameno en cualquier cosa que escriba, el libro está lleno de obviedades y muy falto de reflexiones de calado. Nos habla de que América Latina ya no existe, que no es (no fue) más que un concepto inventado que se ha basado en ciertos elementos compartidos por los países latinoamericanos, a saber, los dictadores, las guerrillas revolucionarias, la obsesión yanqui por la región, la literatura, el exotismo, etc., pero que prácticamente todos ellos han pasado a mejor vida. Ya no quedan dictadores; todos los regímenes autoritarios (exceptuando el de Castro) han sido reemplazados por democracias, si bien en ellas han proliferado los "caudillos democráticos" como Chávez, Morales, Uribe... o los partidos oligarcas, como el PRI de México (curiosamente, de nuevo esto parece ser un nexo de unión, una característica común que comparten los países latinoamericanos, en contra de la tesis de Volpi). Y con los dictadores se han ido las gerrillas revolucionarias (de nuevo con  la excepción de las FARC). El "realismo mágico", la militancia revolucionaria o el género "dictadores bananeros", que han sido las señas de identidad de la literatura latinoamericana, han desaparecido, para desasosiego de editores y liberación de nuevos autores que, pese a admirarla, reniegan de sus imposiciones (me parece que este es el verdadero motivo del ensayo de Volpi: explicar cómo la literatura de los autores nacidos después de 1960 se ha desmarcado de la literatura latinoamericana para incorporarse a las diversas corrientes y géneros que imperan en el resto del mundo). Y por último, desde que China se ha erigido en pujante potencia económica y sobre todo a partir de los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos ha desviado la mirada con la que vigilaba su revelto "patio trasero" para ponerla en Oriente, el nuevo foco geopolítico del mundo. De hecho, tanto es así que la izquierda tiene un nuevo empuje en la mayoría de los países de América Latina, aunque ciertamente ya no tiene los tintes revolucionarios radicales del pasado siglo. Y con el desinterés estadounidense hacia Latinoamérica el resto del mundo se ha olvidado de ella.

Este es básicamente el argumento del libro. Pero como veis, excepción hecha de la reflexión sobre la literatura latinoamericana (por razones a las que me referiré luego), no nos descubre nada nuevo. Y no hay tampoco análisis; todo se queda en una enumeración de hechos, por otra parte bien conocidos de todos por la prensa y la televisión. No hace falta que nos expliquen que Chávez monta circos mediáticos, que tiene salidas como aquéllo del "huele a asufre", que es uña y mugre con Fidel y que no pierde ocasión de acusar a los yanquis hasta de la muerte de Manolete, así como tampoco de venderles puntualmente cuanto petróleo necesiten (razón por la que los Estados Unidos no están realmente preocupados por los desplantes de Hugo). Tampoco hace falta que nos cuenten la historia de Evo Morales, al menos la conocida por todos, que es la que refleja el libro. Ni que nos hablen de la cara pública Bachelet, harto difundida por los medios. Para ese viaje no hacen falta alforjas.

Si algún mérito tiene el ensayo, para mí es la constatación de que ya no hay literatura latinoamericana. En primer lugar nos avisa de que dejemos de buscar ese algo de diferente que esperamos cuando elegimos la obra de un autor colombiano, peruano, mexicano o argentino, algo que nos recuerde a García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes... Los autores nacidos después de los sesenta ya no quieren parecerse a sus mayores (a quienes, como no puede ser de otro modo, admiran). No quieren militar, ni hacer denuncia, ni usar la escritura como revulsivo social. Quieren, básicamente, lo que todo autor occidental: ganar dinero. Y por eso ahora esciben de todo, incluso novela policiaca o ciencia ficción. Y rara vez ambientan sus novelas en sus países de origen, y cuando lo hacen, lo hacen con la indiferencia de quien usa esa ambientación porque es la que le resulta familiar. Tal vez resulten exóticos por ello, pero no lo andan buscando. La consecuencia de esto es que los grandes grupos editoriales, sobre todo los españoles (Alfaguara, Seix Barral, Siruela...), que son los que se han apropiado de la edición literaria en toda América Latina, ya no encuentran en estos autores los resabios del Boom, que es lo que, según ellos, vende bien entre el público español. Y así pasan de dar a esta nueva literatura una difusión que no sea puramente local. Volpi enumera 79 autores (80 si lo incluimos a él) de los cuales apenas conozco a tres. Y al menos por la descripción (breve) que hace de ellos, parece que hay muchos que suenan interesantes. Pero no los conocemos porque estas grandes editoriales han decidido que en España nada de esto nos interesa. Y así, una vez más, se constata la necesidad que tenemos de los editores para que nos impidan leer las cosas que no nos convienen. ¿Difusión de la cultura? Gilipolleces: esto es un negocio. No veo el día en que vayan todos al paro... Resumiendo, Volpi cuenta que hay mucha novedad en la literatura latioamericana, aunque deja muy claro que ya no hay una literatura latioamericana. Como en el resto del mundo, vaya.

Y hay otra cosa que me ha resultado curiosa, aunque Volpi no ha sabido (o no se ha atrevido a) explotarla, y es la constatación de que España es también un país latinoamericano. Con una peculiaridad: es el único que tiene rey. Hay un capítulo dedicado a lo que Volpi llama la "democracia imaginaria", que ya os podéis imaginar lo que es. Exactamente, lo mismo que tenemos aquí. Una democracia sobre el papel, pero en realidad una oligarquía controlada por políticos corruptos a quienes los ciudadanos interesan muy poco y cuyas acciones, además de a ellos mismos, favorecen a los plutócratas, los grandes empresarios en cuyas empresas terminarán sus días una vez concluyan sus fulgurantes carreras políticas. Una democracia que agranda las (ya de por sí enormes) diferencias económicas de sus ciudadanos. Una democracia en la que la igualdad ante la ley es papel mojado, y su justa aplicación depende del dinero de los litigantes. Unas democracias, en fin, una parte de cuyas soberanías están en manos de narcotraficantes y otras mafias. ¿Alguien no se siente reflejado en esta descripción? ¿Que no todos los políticos son corruptos? Je, je... Vale, sólo los que llegan a cargos. ¿Que no hay tanta desigualdad económica? Cierto, pero es que hemos vivido en una Jauja ficticia sobre una enorme burbuja inmobiliaria que, os recuerdo, ha explotado. Y ahora que estamos en crisis, estas diferencias se están disparando. ¿Que nuestra justicia funciona? ¿Conocéis algún Gurtell encarcelado? ¿Os acordáis de Garzón? Y de las mafias, para qué vamos a hablar: se creó una fiscalía anticorrupción en la Costa del Sol, entre otras cosas, porque es el centro operativo de las mafias del este. En fin.

El libro termina en un anticlímax, con un patético capítulo de futurología política que causa bastante vergüenza ajena. Nada menos que pronostica la unión federal de todo el continente americano para 2050, en dos pasos: una primera unión Canadá-USA-México por un lado y Sudamérica en torno a Brasil por otro, y una unificación final total. Wishful thinking, en el mejor de los casos. El nacionalimo es una fuerza retrógrada poderosa y muy fácil de invocar por políticos desaprensivos (perdón por la redundancia). Y por otro lado, a tenor de como ha discurrido el ensayo, no parece una conclusión que se desprenda de los hechos a fecha de hoy.

Total, no os recomiendo que salgáis corriendo a la librería a comprar este libro. Si cae en vuestras manos podéis leerlo, es corto y os durará dos sentadas, y seguramente (como yo) alguna cosa sacaréis, pero no pasa de ser un "Informe Semanal" un poco extenso y con un final prescindible. Flojo.

viernes, 19 de agosto de 2011

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño

Acabo de leer una obra maestra.

Llevaba tiempo rondando a Bolaño, pero no me acababa de atrever con él. Había cosas a su alrededor que me echaban para atrás. Por un lado, la forma tan explosiva en que irrumpió en el mercado, una vez muerto (lo cual huele mal, con perdón); por otro, su obra más famosa, 2666, es una obra inacabada (lo que recuerda a lo que pasó con Eyes wide shut), y finalmente, en un vistazo diagonal no parecía un autor fácil. Y en efecto, no lo es. Pero eso es porque es uno de los grandes, de los que aún hoy son capaces de inventar nuevas formas de escribir novelas. Ahí es nada.

Decidí empezar por Los detectives salvajes porque  es, al parecer, su primer gran éxito y es una novela acabada (a priori me dan miedo las obras inacabas; creo que sólo las puedes apreciar si ya tienes cierta familiaridad con el autor). Además, me la había recomendado Yuri, que suele ser fiable en lo tocante a lecturas. Confieso que no reconocí lo que tenía entre manos hasta bien metido en la novela, y de hecho estuve a punto de dejarla al acabar la primera parte, sorprendido de estar leyendo lo que parecía una pieza más del sobado género "putas, yonquis y maricones" que ha consagrado nuestro amado cine. Pero inexplicablemente seguí y me alegro de haberlo hecho.

Contar de qué va la novela no es fácil. En principio es la historia de un pequeño grupo de poetas radicales (en sus poemas y en su actitud hacia el establishment; en una ocasión planean raptar a Octavio Paz sólo por joder) de mediados de los 70 que siguen una tendencia que denominan realismo visceral (o real visceralismo, término en que se acaba transformando a lo largo de la novela). El grupo dura muy poco y apenas queda memoria de él, y la novela sigue los avatares de sus integrantes (en el fondo una panda de "colgaos" que se buscan la vida, con mayor, menor o nulo éxito) hasta 1996. Pero la novela es mucho más compleja, y este resumen apenas dice nada de ella.

Para empezar, en buena medida se trata de una autobiografía. Los dos protagonistas, los creadores del grupo de realvisceralistas, son dos personajes que parecen vivir por y para la poesía, y subsistir a base de trapichear: Ulises Lima y Arturo Belano. La analogía de Belano con Bolaño y el hecho de que, como éste, aquél es también un chileno afincado en el DF, ya sugieren el carácter autobiográfico. Además, indagando luego he leído que Ulises Lima era Mario Santiago, el mejor amigo de Bolaño en el DF, y que otros personajes de la novela tienen una contrapartida real. Algunos incluso (el caso de Monsiváis o de Octavio Paz) aparecen con su propio nombre. Y en efecto, la novela es, en gran medida, una autobiografía, con todas las salvedades que conlleva el hecho de que, en última instancia, es una obra de ficción (quiero decir que muy probablemente hay hechos alterados, inventados o atribuidos a otra gente, y que a las claras el final de la novela es ficción, por ejemplo). Parece que incluso el realismo visceral existió realmente, como una rama desgajada del surrealismo denominada infrarrelismo, en cuyas filas militó Bolaño. Buena parte del contenido de la novela gira en torno a la poesía, los poetas (en especial los mexicanos), el arte y la literatura. Los personajes alaban y critican autores y tendencias, en tonos agresivos, sarcásticos, elogiosos, cómicos... y me da que mucha de la crítica y la alabanza reflejan las opiniones de Bolaño. Memorable el capítulo en que un personaje clasifica a los poetas en maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Yo no conozco ni la cuarta parte de los autores que menciona, pero a aquéllos que conozco el calificativo les va (me refiero a su estilo, con quién follaban es cosa de ellos). Incluyo una cita para que os hagáis una idea:
"Dentro del inmenso océano de la poesía distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas."
Yo no soy capaz de hacer una crítica de la obra de Bolaño que mejore la que ya hizo Jorge Volpi en Mentiras contagiosas (obra que ya comenté en este blog), así que me limitaré a hablar del aspecto que para mí hace de esta novela una obra maestra (y en el que Volpi no entra): su construcción formal. Vayamos a ello. Hay dos formas básicas de escribir una novela: en tercera persona, adoptando el punto de vista clásico del realismo del lector omnisciente o el del protagonista, o en primera persona, que a menudo es la voz del protagonista, pero a veces cuenta la historia un personaje secundario. Incluso hay casos más originales (como Juego de tronos) en que el relato está en tercera persona, pero se adopta el punto de vista de diversos personajes, lo que da un interesante juego de perspectivas. Pero esta novela inventa una técnica que va mucho más allá: aquí la historia la cuentan multitud de personajes, algunos secundarios y otros absolutamente casuales, pero es que además la cuentan sin contarla; es decir, lo que cuentan es su propia historia, sólo que esta historia involucra a los protagonistas (a veces no más que circunstancialmente) y así sabemos de ellos sin que en realidad nadie nos esté contando nada. Las historias particulares tienen interés en sí mismas, nos hablan del DF, de México, del mundo, de las glorias y las miserias humanas, del arte, de la poesía, nos cuentan cosas divertidas, nos hablan con nostalgia, con dolor, con miedo, con vergüenza, relatan amores, traiciones... Cada personaje que interviene, aunque no aparezca más que esa vez, habla con voz propia. Y a medida que nos hablan de ellos vamos reconstruyendo la historia de nuestros protagonistas. Como si de un sistema complejo se tratara, nuestra historia, el hilo conductor de la novela, emerge de un montón historias individuales que en apariencia nada (o muy poco) tienen que ver con ella. La novela es el coro, no las voces individuales, aunque cada voz cante su propia melodía. El resultado es espectacular. El más difícil todavía es la división de la novela en tres partes: la central es el 80% de la novela y donde transcurre este relato coral. La primera y la tercera son como dos paréntesis que acotan el relato, ambos fragmentos extraídos del diario de uno de los personajes más prescindibles de la historia, un chaval de 17 años, estudiante de derecho, que se une a este grupo de pirados y descubre con ellos la poesía, el sexo, la aventura y la muerte, y del que todo el mundo parece haberse olvidado por completo. El primero de esos fragmentos de diario sitúa la novela en contexto; el último es su colofón. Curiosamente ambos fragmentos ocurren entre 1975 y 1976, mientras que, como he dicho, el relato sigue la vida de los realvisceralistas a lo largo de 20 años. Estos juegos temporales son otro de los elementos fundamentales de esta novela, pero de eso habla Volpi mejor que yo.

Una novela imprescindible.

viernes, 5 de agosto de 2011

Africanus: el hijo del cónsul y Las legiones malditas, de Santiago Posteguillo



Soy un aficionado a la novela histórica. Admito que hay mucha morralla, pero ¿en qué género no la hay? La novela histórica tiene, por un lado, el encanto de la épica, y por otro suele proporcionar personajes psicológicamente complejos que dan mucho juego para la narración. Tiene, por otro lado, la restricción de respetar los hechos, pero eso me parece más un aliciente que una limitación. Hay verdaderas joyas en este género (Yo Claudio sin duda lo es). Pero yo no pondría ninguna de estas dos en esa categoría.

Aclaro antes de seguir: no están nada mal; pese a ser dos tochacos, se leen del tirón. Y es que están construidas como un genuino best-seller, y en ese aspecto no les falta de nada: acción, sexo, buenos, malos... Ahora, como en todo best-seller, el estilo resulta un tanto impersonal, como si la forma de escribir estuviese basante estandarizada, y los recursos narrativos son muy "de libro": la constante enumeración, la reiteración de pensamientos en distintas formas, la descripción prolija de espectativas que a todas luces se ve que van a ser truncadas... Los personajes buenos son buenos sin tacha: siempre honrados, justos, leales, altruistas... Ellos y toda su familia. Los malos tampoco tienen tacha: son taimados, ruines, hijos de puta, canallas, traidores... Y se rodean de gente como ellos. No te confundes nunca, vaya.

Bueno, y entonces, ¿qué tienen las novelas que merezca la pena leerlas? Pues sobre todo la historia. La epopeya combinada de Aníbal y Escipión el Africano es una de esas historias con mayúscula. La cuentes como la cuentes, funciona. Pocas hay comparables. La de Aníbal es archiconocida; la de Escipión no tanto, y ése es el filón que explota este par de libros. Africanus: el hijo del cónsul es fundamentalmente la historia de Aníbal y su enfrentamiento con Roma en la segunda guerra púnica, mientras Escipión es un niño que crece en medio de la guerra y que sufre en sus carnes sus consecuencias. La novela acaba con un Escipión en la veintena al mando de unas legiones que consiguen conquistar Cartago Nova (Cartagena, vaya). En Las legiones malditas (título que no voy a explicar para no destripar el argumento) Aníbal pasa a ser un personaje secundario y el foco de la historia se centra en Escipión, en sus avatares para llegar a África con dos legiones y enfrentarse al ejército cartaginés al mando de Aníbal en la famosa batalla de Zama.

Las novelas, pese a su sesgo comercial, tienen buenos puntos. Hay varios personajes secundarios que tienen una relevancia importante en la trama. El malo de la historia es uno de esos malos carismáticos que llega a resultarte hasta simpático. Es muy inteligente y un muy hábil estratega, digno del senado romano que en la práctica lidera. En ocasiones llega a recordar al tío Scar, de El rey león, cuando decía aquéllo de "estoy rodeado de idiotas". Y por último, las batallas resultan muy emocionantes. A veces se pasa un poco con los guiños hollywoodianos (como por ejemplo, hacer que Aníbal y Escipión luchen cuerpo a cuerpo, algo que es sumamente improbable que ocurriera), pero haciendo un poco la vista gorda el resultado es muy bueno. De hecho, leyendo estos libros me he percatado de lo muy poco que ha evolucionado la épica desde la Iliada. Y en esto no estoy emulando a Borges, cuando decía que todos los argumentos ya estaban en la Odisea: no, lo que digo es literal. Cuando leí la Iliada recuerdo que (obviando el estilo recargado que tienen las traducciones tratando de reflejar con fidelidad que se trata de un poema) me pareció extraordinariamente moderna. De hecho, la película Troya, pese a las libertades del guión, resulta muy fiel al espíritu de la narración (por eso a mí no me disgusta la película, pese a las críticas que recibió de muchos puristas). Ahora me doy cuenta de que entendí todo al revés: no es que la Iliada sea moderna, es que definió de una vez por todas la forma de narrar epopeyas. Así al menos lo entendió Hollywood y así lo entiende Posteguillo. Y funciona, ¡vaya si funciona!

En resumen: no las pondría entre las mejores novelas históricas que he leído, pero son lecturas recomendables, en especial para el verano porque hay tiempo de sobra (entre ambas suman casi dos mil páginas). Una última aclaración: si alguien ha visto las novelas por los estantes de la FNAC o La Casa del Libro (o del Carrefour, porque están en todas partes), sabrá que hay una tercera novela: La traición de Roma. Parece que es una recreación de las (lamentablemente) perdidas memorias de Escipión el Africano, o sea que la historia continúa. Pero yo ya necesitaba un cambio de tercio: estaba un poco "ahíto de tanto parchear y tanto pito".

jueves, 4 de agosto de 2011

Por no mencionar al perro, de Connie Willis

Conocí a Connie Willis por El libro del día del juicio final. Una gran novela de ciencia ficción, si bien la ciencia ficción sólo sirve de excusa para sostener un conflicto humano. Como a mí me gusta. En ese libro una historiadora de la Edad Media viaja a la Inglaterra del siglo XIV, pero por un error en la máquina del tiempo va a caer justo en los años de la Peste Negra. El libro ganó en su año los tres grandes premios de la ciencia ficción: el Hugo, el Nébula y el Locus.

Si aquella novela estaba escrita en clave trágica, esta lo está en clave cómica, y también está basada en viajes en el tiempo. En realidad esta novela es muchas cosas. Para empezar, el título (raro de cojones) hace alusión a una novela decimonónica de Jerome K. Jerome titulada Tres hombres en una barca (por no mencionar al perro). La novela es difícil de conseguir en castellano; la tengo en inglés, pero me da cierta pereza leerla. No obstante, he hojeado el primer capítulo y parece que se trata de la historia de tres jóvenes victorianos, diletantes, a quienes el aburrimiento se les está volviendo psicosomático y que, para paliarlo, deciden hacer un viajecito en barca por el Támesis acompañados del perro. El relato parece divertido, y aunque al parecer no fue un bombazo de ventas cuando se publicó, sí que resultó ser un buen "corredor de fondo", porque a lo largo de los años el libro se convirtió en un superventas, para regocijo de sus editores. Connie Willis agradece a Heinlein en la cabecera del libro que le recomendara esta lectura que le dio pie a construir su novela.

Por no mencionar al perro es, por encima de todo, un gran homenaje a las historias victorianas en todos sus aspectos. Hay referencias constantes a las novelas de detectives, sobre todo a La piedra lunar, pero también a las novelas de Conan Doyle y Agatha Christie, a historias como Arriba y abajo, a las novelas de Woodehouse y su famoso criado Jeeves y, como no, a Tres hombres en una barca. Pero no sólo es eso, también es una historia de viajes en el tiempo y la trama va de eso, de la intervención en el pasado y las paradojas que eso crea, de cómo arreglarlas y, en definitiva, de cómo funciona el continuo espacio-tiempo para encajarlas. De hecho, no está nada mal la resolución del problema; es de lo mejor que he leído al respecto.

Y además la novela es muy divertida. Está llena de situaciones cómicas que, sin llegar a hacerme reír a carcajadas, sí que me han hecho mantener una sonrisa durante el tiempo (demasiado corto) que ha durado la lectura (por cierto que Lurdes, que se la ha leído porque se la recomendé, sí que daba carcajadas en determinados pasajes; supongo que es como te pille el cuerpo).

domingo, 10 de julio de 2011

Aura, de Carlos Fuentes

Esta es la primera novela de Carlos Fuentes. Escrita en los años 60, es una genuina representante del boom latinoamericano. En realidad, más que novela es un cuento largo, porque no lleva más de hora y media leerla. El argumento del cuento es el siguiente. Un historiador responde al anuncio de una anciana solicitando los servicios de un experto que organice las memorias de su marido, un general del ejército de Maximiliano, y pone como condición que viva en su casa durante el tiempo que dure el trabajo. En la casa, además de la vieja, vive una sobrina, Aura, de una belleza inusitada.

Aunque el planteamiento del cuento apunta claramente en una dirección, nada resulta ser lo que parece. La casa es claustrofóbica hasta en sus mínimos detalles y el tufo a misterio se huele desde las primeras páginas. Ya he dicho que el relato es un digno representante del boom. El estilo es muy poderoso, es una de las cosas que más te atrapa en este relato. Es indirecto, tangencial, ambiguo, como el del Cortázar de la primera época. Reflexionando, ni siquiera tenemos certeza de que se narren hechos vividos o fantasías del protagonista.

Claro, nosotros hemos mamado el boom desde pequeños y éste ha influido tanto en novelas, películas, cómics, etc., que barruntamos el final de la historia desde mediado el cuento. Pero eso no le quita mérito al relato. Yo me lo he leído dos veces seguidas sólo por el placer de oírlo de nuevo. No hay mucha gente que escriba así hoy día.

La tienda de los suicidas, de Jean Teulé

No recuerdo cómo llegó a mi kindle esta novela (vamos, la puse yo, claro, pero no recuerdo por qué). No recuerdo si hace referencia a ella Pennac en Como una novela o si leí alguna reseña en algún blog. El caso es que andaba buscando algo corto para leer y este libro cumplía el requisito.

Parece que la narrativa francesa moderna está dominada por una iconografía común, algo que podríamos denominar el universo Delicatessen, por la película de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro. Las novelas de Fred Vargas (algunas de las cuales he comentado en este blog), La felicidad de los ogros, de Pennac, esta novela... Todas comparten algunas características comunes. Aunque no todas son de género fantástico, como la película o esta novela, en todas encontramos personajes raros, comportamientos friquis, algo de humor negro... Características, todas ellas, que (yo creo) fueron el éxito de la película.

La novela es una fábula que ocurre en un futuro donde los peores augurios se han cumplido (casi no hay capa de ozono, la tierra se ha calentado de más, los políticos no paran de cometer desaguisados...) y el panorama que enfrenta la gente es deprimente. Tanto es así que la actitud pesimista se ha vuelto respetable y el suicidio está socialmente bien considerado. En este mundo una familia, un matrimonio con tres hijos, regenta una tienda en la que venden todo tipo de métodos de suicidio. La tienda es lo mejor de la novela, porque algunos de los métodos, que el autor va desgranando capítulo a capítulo, son delirantes. La familia, como toda la gente bien, es depresiva, pero hete aquí que el hijo pequeño, fruto de una prueba con un condón pinchado, ha salido un optimista empedernido, para desesperación de sus padres y martirio de sus hermanos. Este es el esquema argumental de la fabulita.

No sé qué decir de este libro. Durante los dos primeros capítulos me pareció muy ingenuo, un poco tontorrón. Luego me enganché (la tienda tiene su gracia) y, como es corta, me la leí del tirón. En mi opinión, es una historia que se disfrutaría más con treinta años menos (sí, soy bastante viejuno), pero puedo reconocerle sus méritos. Internet no duda en calificarla de hilarante humor negro; negro sí es, no cabe duda, ahora hilarante... Yo no me he desternillado, pero confieso que se lee con la comisura izquierda levantada.

En fin, aquí la dejo. Si estáis buscando algo que leer y os da flojera arrancaros con algún tocho, le podéis dar una leída. No os llevará más de uno o dos días (depende del tiempo que tengáis para leer). A lo mejor os hace gracia.

Las corrientes oceánicas, de Félix J. Palma

Abrí este blog hace ya un año con una entrada dedicada al último libro (primero que yo leía) de este autor: El mapa del tiempo. Releído ahora, veo que le hice poca justicia. Destaqué un solo aspecto de aquella novela, la gracia de escribir sobre viajes en el tiempo sin salirse del realismo, pero no mencioné para nada el enorme talento narrativo de su autor. La novela que aquí traigo lo avala. Si me apuráis, tal vez su estilo en ella sea algo menos "maduro", o más bien es que El mapa del tiempo es una novela más conceptual, más redonda.

Vayamos por partes. En el haber de Félix J. Palma hay tan solo tres novelas y cinco libros de cuentos. La Wikipedia dice del primero de ellos que destaca "su habilidad para insertar el elemento fantástico en lo cotidiano, uno de los principales rasgos de su narrativa". No puedo estar más de acuerdo. Sus narraciones mezclan realidad y ficción de tal modo que a menudo la ficción parece real y la realidad parece ficción. Es el elemento clave de El mapa del tiempo (el único que yo destaqué). También en esta novela ocurre lo mismo: a veces se desdibuja la frontera entre realidad y ficción. Pero no es el único elemento que define el estilo de este autor. Su talento narrativo es prodigioso. En pocas palabras, te vende la moto. Tiene esa forma de relatar envolvente, seductora, a menudo barroca, casi propia de la novela decimonónica, característica de los buenos contadores de historias. Y lo que caracteriza a un buen contador de historias es que, te cuente lo que te cuente, no puedes dejar de escucharlo. No importa el contenido, importa su voz. Solo que además, en Félix J. Palma contenido no falta, más bien desborda. Como buen cuentista (en el mejor sentido de la palabra) sus novelas abundan en pequeñas historias, cada una con su propio estilo, que se van entrelazando en la trama principal.

La novela que aquí os traigo empieza en clave de tragedia. Y la forma de contarla es soberbia. La empatía hacia el protagonista es tal que uno desciende con él angustiado a los infiernos. Y cuando la cosa parece que va de eso, en un giro que nos deja con el pie cambiado la novela se transforma en otra cosa, se encamina a una búsqueda sin propósito y se nos convierte, sin que nos demos cuenta, en una novela de intriga que, llegando al final adquiere un tono intimista más propio de una novela romántica. ¿Qué es, de todas esas cosa, la novela? Pues un gran relato que te atrapa y te tiene enganchado durante tres días.

Definitivamente, estamos ante un autor que ha de darnos muchos ratos de placer. He leído por ahí que El mapa del tiempo (traducido ya a no sé cuántos idiomas) es el primero de una trilogía victoriana, cuyo segundo volumen se llamará El mapa del cielo. Ahí estaremos para leerlo cuando se publique este otoño...

martes, 28 de junio de 2011

The Tell-Tale Brain, de Vilayanur S. Ramachandran

Los seguidores de House recordaréis el capítulo de hace un par de temporadas en el que House, que  acaba de salir del manicomio y va de "intentar hacer  el bien", tiene un rifirrafe con un vecino manco con muy mala leche. La mala leche se la produce un dolor continuo en el brazo fantasma (así se llama al miembro amputado que todavía se percibe como real) debido a que éste fue arrancado por una bomba mientras mantenía el puño apretado, con lo que se le ha quedado en ese estado y está permanentemente acalambrado. (Aviso: lo que viene ahora es un spoiler). La forma en que House cura a este enfermo mental (porque no se le puede llamar de otra manera) parece de coña: le hace introducir el brazo real en una caja que tiene un espejo, le pide que coloque el brazo de manera que la imagen esté en la posición del brazo fantasma y entonces le dice que abra ambas manos al mismo tiempo. El individuo lo hace e inmediatamente comprueba que el brazo fantasma se le ha relajado y el dolor ha desaparecido. Pues este método circense de curar miembros fantasmas agarrotados es real, funciona y su inventor es el autor de este libro, Vilayanur S. Ramachandran, un famoso neurofisiólogo experto en todo tipo de enfermedades mentales, en su curación y en su explicación. Y después de leer su libro yo añadiría que es un puto genio.

Por su planteamiento inicial el libro parece que va a ser uno más de la saga de Oliver Sacks, donde se cuentan extrañas enfermedades mentales y se sugieren algunas vinculaciones con procesos cognitivos. Pero es una falsa impresión. El libro es mucho más que eso: es un modelo completo de la mente. Y a juzgar por los resultados terapéuticos que se derivan de las hipótesis  que propone Ramachandran, parece un modelo muy creíble. En el prólogo del libro el autor nos anticipa que va a intentar demostrar una tesis que está muy demodé, a saber, que el ser humano es especial en el reino animal. Con la aceptación de la teoría evolutiva y una vez pasada la época victoriana, se ha instalado cada vez más la idea de que no somos "más que" unos chimpancés con unas capacidades un poco más desarrolladas, que en el fondo ninguna de nuestras habilidades mentales es nueva porque se puede encontrar, si bien en una forma algo más rudimentaria, en  los simios superiores. Ramachandran afirma que siendo cierto esto último (no del todo, porque sí parece que hay un par de módulos especializados que son exclusivos de los humanos), la interacción entre esas capacidades ha producido una exaptación retroalimentada tal que nos ha llevado a un plano mental muy, muy superior al de nuestros primos lejanos. Y la verdad es que, si uno se para a pensarlo y se libera del mensaje que nos han transmitidos cientos de documentales y artículos de Nature, hay que admitir que tiene toda la puta razón.

A partir de ahí el libro explora distintas capacidades de la mente, desde la visión hasta la autoconciencia pasando, como no, por el lenguaje, y lo hace explicando exóticas enfermedades mentales y justificando, a partir de la investigación neurológica, cómo se producen estas enfermedades y qué nos dicen de cómo funciona un cerebro normal. El modelo de la mente que aparece es el de un conjunto de módulos especializados, que han aparecido por diversas razones evolutivas (de las que aventura algunas hipótesis bastante razonables) y que se han adaptado a otros usos debido en parte a su interacción y en parte a su versatilidad. A diferencia de otros libros que he leído sobre el tema, el conjunto sorprende tanto por su coherencia como por su rigor científico. No sólo propone explicaciones plausibles: cuando los hay, comenta experimentos que las prueban, y cuando no, propone experimentos que las puedan falsar. En general, los experimentos resultan sorprendentemente simples y muchos de ellos tienen, además, una vertiente terapéutica, porque el objetivo primordial de este hombre es curar a sus enfermos, o al menos paliar su problema.

El tema de las neuronas espejo merece mención aparte. Quizá hayáis oído hablar de ellas: son neuronas que responden a un estímulo propio, pero también al mismo estímulo actuando sobre otra persona a la que estamos viendo. Son, evidentemente, la fuente de la empatía. Pero hay algo más: la única razón de que no sintamos realmente el estímulo que se ejerce sobre la otra persona es que superpuesto a la excitación de las neuronas espejo hay un circuito inhibidor. De hecho, si este circuito está dañado o si se anestesia... ¡percibimos el estímulo como propio! Es como si las mentes estuvieran conectadas entre sí y, de hecho, tuviesen que inhibir esa conexión para sentirnos individuales. Así que la próxima vez que alguien os hable con horror de que un dolor ajeno lo sentía como propio, tal vez no esté exagerando...

Otro asunto interesante es el de la sinestesia. Así se llama a la capacidad que tienen ciertas personas de percibir los números o las notas musicales de colores. Listz era famoso porque cuando ensayaba con la orquesta decía cosas como "esto hay que tocarlo más morado" o "ha sonado un poco rojo". Se trata de un "defecto" de falta de inhibición de unos estímulos que no deberían activar sensaciones en otras áreas contiguas de las receptoras del estímulo. Pero a todas luces, lejos de un defecto, la sinestesia puede resultar en una gran ventaja. Bien, pues parece que así es todo nuestro cerebro y así evolucionó. Cuando uno entiende que la sinestesia no es exclusiva de los sentidos sino que puede producirse entre cualquier par de zonas del cerebro, es fácil darse cuenta de que capacidades de las que consideramos más abstractas o elevadas (nuestra capacidad de producir y entender metáforas, por ejemplo) no son sino distintas formas de sinestesia. Nuestro cerebro es altamente sinestético.

En fin, no cuento más o acabaré reescribiendo el libro. Os dejo con el propio autor para que él mismo os dé más detalles de lo que vais a encontrar en él.

domingo, 12 de junio de 2011

A Planet of Viruses, de Carl Zimmer

Aquellos de vosotros que, como yo, vayáis con frecuencia al pediatra estaréis hartos de oír la frase "es un virus" referida a un conjunto de síntomas catarrales, estomacales, de otitis o similares. Oír virus y pensar en enfermedad es todo uno. Y sin embargo, el conjunto de virus que causan enfermedades es una ínfima fracción de los virus existentes en el planeta. Estamos rodeados de virus. Entre los descubrimientos más sorprendentes que se han hecho sobre estos seres (no diré vivos), su superabundancia y su importantísimo papel como vectores de la evolución de los seres vivos destacan de forma especial. Se han encontrado virus en los lugares más insospechados del planeta, como cuevas kársticas cerradas herméticamente desde hace millones de años o el mar (donde hasta no hace mucho se pensaba que apenas había virus). En muestras tomadas en el Océano Ártico, el Golfo de México y el Pacífico Norte, los biólogos han detectado 1.800.000 genes virales, de los cuales tan solo el 10% presentan alguna similitud con los de algún microorganismo, animal, planta u hongo conocido. No cabe duda de que son un inmenso archivo genético. Pero es que, en efecto, nuestro genoma, como el de prácticamente todos los seres vivos, está repleto de "fósiles" de retrovirus que lo infectaron hace mucho tiempo introduciendo en él nuevos genes o alterando la regulación genética de los existentes, a veces de forma drástica. Para muestra un dato: la placenta humana se adhiere al útero gracias a una proteína procedente de un antiguo retrovirus. ¿Cómo os habéis quedado? Solo ahora se está empezando a vislumbrar que la transferencia horizontal de genes mediada por virus ha desempeñado un papel fundamental en la evolución de los organismos superiores (como nos gusta llamarnos a nosotros mismos).

Pero como dijo Susanna en una charla que le oí hace poco, nuestra visión de la biología está fuertemente sesgada por la inversión que se hace en ella, y la inversión en la investigación viral va encaminada a combatir enferemedades. Así que de lo que más sabemos es de virus que producen enfermedades. Este libro destaca, sobre todo, esa faceta de los virus. De un modo que recuerda a un documental de la BBC, Zimmer nos habla del descubrimiento de los virus, de la gripe, del virus del papiloma, del virus del SIDA... Y cómo no, de la viruela y del Mimivirus, un virus gigante, con un ADN comparable al de una célula, que es, a su vez, infectado por otros virus y que pone en tela de juicio nuestra definición de ser vivo. Sobre la viruela no me resisto a destacar un episodio para la reflexión. Como seguramente sabréis, es el único virus cuya extinción estuvo en manos del hombre. En la época de la guerra fría la OMS se enfrentó al dilema de extinguirlo definitivamente y erradicar esa enfermedad de la faz de la tierra o preservarlo para su estudio. Optó por esto último, en una decisión tan bienintencionada como equivocada, y mandó muestras a dos únicos laboratorios, uno en Estados Unidos y otro en la Unión Soviética. Cuando ésta cayó se comprobó que esas muestras estaban en paradero desconocido. No es esta, sin embargo, la causa de que la decisión fuera errónea (aunque era previsible que eso podía ocurrir); con el advenimiento de las técnicas de secuenciación de ADN, el del virus de la viruela se ha secuenciado y ahora su secuencia se encuentra en muchas bases de datos. Es más, como los virus codifican sólo algunos genes, es incluso plausible que su secuencia se encuentre en la memoria de muchos biólogos moleculares. Y así el virus de la viruela se ha hecho inmortal. Ya no hay manera de extinguirlo porque incluso eliminando las muestras que se guardaron el virus se puede reconstruir sin dificultad por unos cuantos dólares. De este modo, el deseo de conservarlo para avanzar el conocimiento a través de su estudio ha tenido como consecuencia que se ha hecho invencible. Hasta no hace mucho se podía matar un virus definitivamente. Ahora ya es imposible.

Es un libro corto, muy ameno y lleno de curiosidades e historias interesantes como las que acabo de mencionar. Aunque en mi opinión, es un libro muy sesgado del lado de la patología. Tal vez no se sabe aún lo suficiente de los virus como para escribir un ensayo elaborando más los otros aspectos, para mí más interesantes. En todo caso, es una lectura recomendable.